Noche de tragos con un muerto

Tres amigos viajaron en automóvil a Manabí, pero en el camino tuvieron una parada obligada y muy tenebrosa.


 

Por David Almeida García.

 

Jorge salió en su Jeep 4×4, de 1985, a las 5 de la mañana. Era un sábado de agosto de 1999 y el día anterior revisó el motor. La máquina estaba bien y hace una semana pasó la prueba de su mecánico de confianza. Con esa seguridad, recogió a su amigo Carlos, quien residía en Carcelén, norte de Quito, un destino lejano para Jorge, morador de la Villaflora, en el sur de la urbe.

 

Diez minutos antes de las 6, se encontraron y después debían buscar a Diego en Sangolquí -en el suroriente-, un amigo de Carlos que llegó a Quito hace 11 años de su natal Chone, en la provincia de Manabí. Los tres eran contemporáneos, para 1999 tenían 24 años y aún estaban solteros. Además, habían egresado de la universidad. Jorge y Carlos estudiaron Arquitectura y Diego Ingeniería Civil en la gloriosa Universidad Central del Ecuador, y se les presentaba la posibilidad de construir un edificio de cuatro pisos en Portoviejo, un proyecto de un tío de Diego.

 

La carretera a Santo Domingo, que conecta la Sierra con la Costa, está al sur de Quito y salir desde la casa de Diego les resultaba más conveniente. Por eso, lo recogieron al final. Jorge y Diego apenas se conocían, precisamente les presentó Carlos en una noche de borrachera en un bar cercano a la Universidad Central. Esa ocasión fue suficiente para que simpatizaran.

 

Diego provenía de una familia acomodada de Manabí y sus tíos residían en algunas localidades de esa provincia, como las ciudades de Chone, Portoviejo, Manta y la rural Santa Ana; en esta última estaba don Bartolo, dueño de una hacienda ganadera, en la que también había plantaciones.

 


Jorge hacía un viaje largo en ese vehículo por primera vez. El Jeep les dio problemas mecánicos.

 

El viaje

 

Jorge había adquirido ese Jeep de tres puertas después de haber hecho dos tesis de Arquitectura a estudiantes egresados de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Le pagaron muy bien y le alcanzó para dar una buena parte del carro que era de propiedad del padre de un compañero suyo del colegio. El resto lo financió con sus ahorros y un préstamo de su papá, a quien aún le debía.

 

Pero ese era el primer viaje largo que hacía Jorge en el vehículo, que para aquel entonces ya tenía 14 años. La vía que tomaron hacia Manabí no es muy amable, pues se debe recorrer una cordillera que está lluviosa gran parte del tiempo y con tramos donde siempre hay neblina. Además, por la mala planificación de sus constructores y de haber abusado de la dinamita, suele haber derrumbes.

 

Las tres primeras horas en esa carretera se ponen algo difíciles para alguien que la recorre por primera vez. Es por eso que Jorge no participaba mucho de las conversaciones de Carlos y Diego. Este último estaba sentado en el asiento de copiloto y se suponía que debía ayudar a Jorge, pero se distraía con los chismes de Carlos.

 

Cuando llegaron sin novedades a la ciudad de Santo Domingo, fue un gran alivio para Jorge, quien estaba algo estresado, pues a cada momento revisaba el tablero del auto. “Hasta aquí, todo bien”, les dijo a sus amigos. “Ahora es momento de desayunar”, añadió.

 

Ya eran cerca de las 10 de la mañana y por recomendaciones de la gente, decidieron desayunar en la vía a El Carmen, en uno de esos paraderos a los que acuden los transportistas y que son famosos por la variedad de la oferta de comida, que también tiene precios económicos.

 

Jorge comió dos bolones de verde con queso y chicharrón, acompañados de dos huevos fritos, café en leche y jugo de badea. Carlos pidió un seco de carne con plátano verde asado, jugo de naranja, una empanada de verde y café negro en agua. Diego se sirvió un seco de gallina, plátano asado, jugo de badea y café en leche.

 

Todos quedaron satisfechos y era hora de ir directamente a Portoviejo, con una parada obligada en Chone y, si el tiempo les favorecía, pretendían ir a Santa Ana para que Carlos y Jorge conozcan la Hacienda La Ferrara, propiedad de don Bartolo, tío de Diego.

 

Tomaron la vía Alóag-Santo Domingo, que conecta a la Sierra con la Costa, en Ecuador.

 

Los imprevistos

 

El camino más complicado ya lo habían recorrido. De Santo Domingo a Portoviejo, la vía es más placentera y planeaban llegar a su destino a las 4 o 5 de de la tarde. Los paisajes eran maravillosos y Jorge estaba a gusto. Era la tercera vez que iba a Manabí, aunque la primera que conducía hacia ese destino. Todo estaba saliendo bien hasta que una de sus llantas se ponchó.

 

Eso ocurrió en la vía a Flavio Alfaro y cambiar el neumático desinflado por el de emergencia no les tomó mucho tiempo. Pero más adelante, el vehículo les dio otro problema. El motor se estaba calentando demasiado y la pluma indicaba que estaba cerca de llegar al rojo. Eso alarmó a Jorge, quien se detuvo a un lado del camino. “Creo que debemos descansar una hora hasta que se enfríe el motor y poner agua. Menos mal llevo un galón de agua en la parte de atrás”, exclamó.

 

“¿Revisaste el auto antes de salir?”, preguntó Carlos. “Claro que sí. La semana anterior le cambiaron el aceite y le hicieron un ABC a todo el carro. Se supone que estaba bien, pero talvez el viaje largo le está afectando”, respondió. “Por lo que se ve, estamos cerca de Flavio Alfaro y ahí buscamos a un mecánico para que le dé una revisada”, sugirió Diego.

 

Después de una hora pusieron agua y Jorge notó que había un problema con el empaque de la tapa del radiador. Se les ocurrió asegurar dicho empaque con una bolsa plástica y eso resultó bien por algunos kilómetros. El mismo problema les hizo otra vez estacionarse y ya no tenían tanta agua.

 

Eso desesperó más a Jorge, quien se estresaba fácilmente. Carlos estaba más calmado y Diego era despreocupado. Después de unos 40 minutos, un campesino de la zona que estaba en su camioneta, les remolcó hasta la población más cercana. Su nombre era Porfidio y tenía más de 50 años. En ese momento, transportaba gallinas.

 

Diego acompañó a Porfidio en su camioneta. Les tomó casi una hora llegar, porque iban lentamente. En esa población pequeña debieron esperar más de una hora al mecánico, quien había salido a atender una emergencia en la carretera.

 

A su llegada, revisó el vehículo y vio que no solamente tenían un problema con la tapa del radiador, sino que había sedimentos en las mangueras por donde recorre el agua y el líquido refrigerante. También debían cambiar las mangueras y eso tomaba tiempo, porque no tenía todos los repuestos a la mano y debía comprarlos en Flavio Alfaro, que estaba a media hora de esa pequeña población.

 

Jorge no tenía mucho dinero, Diego fue su salvación, porque Carlos llevaba lo justo. “Me supongo que en Flavio Alfaro hay cajeros automáticos para sacar dinero”, señaló Jorge. El mecánico no estaba acostumbrado a los citadinos, así que solo asintió.

 

Mientras Jorge se ausentaba, Carlos y Diego buscaron algo de comer y preguntaron, por si acaso, si había un lugar donde pasar la noche. “La pensión de doña Julia les puede acoger. Pero solo hay dos habitaciones”, les recomendó la dueña de un pequeño restaurante.

 

La posibilidad de pasar la noche en ese lugar estaba latente. Además, Jorge y el mecánico volvieron por la noche, pues tuvieron que ir hasta Chone para conseguir los repuestos.

 

El desgastado empaque de la tapa del radiador y sedimentos en las mangueras del líquido refrigerante retrasaron el viaje a Portoviejo.

 

Acogidos por un ‘buen samaritano’

 

Jorge y el mecánico llegaron pasadas las 7 de la noche, pero iban a trabajar en el carro al día siguiente. Menos mal, Diego pudo comunicarse con sus familiares en un teléfono de la vivienda de don Alfonso, el potentado del pueblo, para informarles que llegarían el domingo, por causa del inconveniente con el vehículo.

 

Los tres amigos se reunieron en el pequeño restaurante, donde les esperaba una rica merienda manaba: un viche de pescado, seco de pollo y tres cervezas. La bebida ayudó un poco a disipar los problemas, aunque Jorge se quedó sin mucho dinero. Diego solventó los gastos de esa noche y después de seis cervezas más, fueron a la pensión de doña Julia para pasar la noche, pero en el camino se les cruzó un hombre de unos 30 años llamado Celio.

 

Él vivía cerca del pueblo, en una casucha de caña de dos pisos. Hace poco había enviudado y sus dos hijos estaban con sus padres en Buena Fe.

 

Cuando se encontró con Jorge, Carlos y Diego, Celio estaba en su bicicleta y llevaba una botella de Caña Manabita. “Buenas noches, paisanos”, les dijo. “¿Qué les trae por este pueblo?”, preguntó. Los tres amigos contestaron al saludo y Diego le contó el inconveniente que obligó a esa parada.

 

Celio, enseguida, les brindó un trago de caña que fue aceptado inmediatamente por Carlos. “Estoy picado y tengo ganas de unas copitas más”, les dijo a sus amigos. Todos caminaron un poco y Celio les contaba sobre ese pueblo, sobre su viudez y que se dedicaba a la agricultura en una hacienda en la vía a Quevedo.

 

Los tragos de Caña Manabita estaban haciendo su efecto y Diego compró una botella más, pero ya era muy de noche y Celio, como se sentía bien en compañía de esos tres muchachos, los invitó a su casa para seguir tomando unas copitas y conversar. Pero Jorge se excusó. Estaba muy cansado y debía conducir, así que simplemente fue a la pensión a dormir.

 

En el pueblo los tres amigos conocieron a Celio y fueron con él a tomar Caña Manabita.

 

Una noche de copas

 

Carlos y Diego caminaron hasta la humilde vivienda de Celio, quien tenía un baño en la parte trasera de la casa, algo que incomodó a los muchachos, pero estaban lo suficientemente picados como para seguir bebiendo.

 

La velada transcurrió entre narraciones de anécdotas, chismes y la tragedia de Celio, quien perdió a su esposa en la carretera. “Fue atropellada por un camión, compadre. Cuando regresaba a la casa. Ese hijo de puta se dio a la fuga”, les contaba con mucho llanto. Eso había ocurrido hace un par de años.

 

Pero la noche también trajo gratos momentos, como los chismes que contaba Carlos, las mujeres que les gustaban a ellos o con las que habían tenido un amorío. También hablaron de religión y de fútbol. Diego y Celio eran hinchas del Emelec de Guayaquil y Carlos de El Nacional de Quito.

 

Y de fútbol hablaron por un buen rato hasta que a Diego se le ocurrió volver al tema de la esposa de Celio. “Compadre, una pregunta. En el caso hipotético de que dieran con la identidad del tipo que mató a tu esposa, ¿qué le harías si estuviera frente tuyo”.

 

Celio, sin dudar un segundo, respondió que lo asesinaría. “Lo mataría de la peor forma posible, compadre. Lo haría con mis propias manos”. Carlos, en el clamor de la conversación y debido a los tragos, respondió que él haría lo mismo. “Es más, yo te ayudaría a matarlo, compadre”.

 

Diego intentó ponerse en los zapatos de Celio y afirmó que también lo haría. “¿En serio, ustedes lo matarían?, volvió a preguntar Celio”. “Sin dudarlo”, insistió Carlos.

 

“Celeste, mi esposa, era cinco años menor que yo. La conocí en una hacienda en Santa Ana de Manabí. Yo tenía 18 y ella 13. Desde que la vi me enamoré. Ella al inicio huía de mí, pero después de un año nos hicimos amigos. La defendí de uno de los hijos del dueño de la hacienda, que quería hacerla suya. Yo me fui a golpes contra ese muchacho de unos 16 años y eso me costó mi trabajo. Así que sobreviví de la venta de bollos de pescado que cocinaba mi mamá. Pasaron como dos años hasta que me la volví a encontrar en la carretera. Ya estaba más señorita y me saludó. Me preguntó cómo estaba y me dijo que ya no vivía en esa hacienda, sino en Rocafuerte, donde su madre se puso un puesto de comida en el Mercado Municipal. Después empezamos a vernos más seguido, yo había dejado de trabajar en el campo y sobrevivía como vendedor informal subiéndome a los buses interprovinciales que me llevaban a distintos sitios. Lo malo es que debía viajar demasiado para verla, porque yo vivía en Buena Fe. Pero un día que la fui a ver le dije que se venga conmigo. Y así fue, se vino conmigo y nos casamos cuando ella cumplió 18. Yo tenía 23 y después de poco tiempo nació mi hijo mayor, a quien le pusimos el nombre de Pedro, como el papá de Celeste. Después de dos años nació Susanita, pero mis hijos perdieron a su madre siendo muy pequeños. Después de esa tragedia de hace dos años, mis padres se llevaron a mis hijos, porque yo estaba enloqueciendo y no los podía cuidar bien. Yo les mando dinero para mis hijos. Nunca fallo”.

 

Diego halló algo espeluznante en ese cuartucho construido con caña guadua.

 

Nunca se imaginaron que…

 

Esas palabras conmovieron a Carlos y Diego, quienes volvieron a insistir en que, si esa misma noche daban con el asesino, lo ayudarían a matar con sus propias manos. Punto seguido, volvían a darse largos tragos de caña.

 

“¿Me lo están diciendo muy en serio?”, insistió Celio. Carlos, que estaba borracho y que era muy impulsivo, dijo que “sí, claro que sí. Mi gran compadre”.

 

Ante esa afirmación, Celio pidió a Carlos y Diego que le acompañen un momento al bosque. “Compadres, tengo que enseñarles algo que tengo guardado desde hace un tiempo”. Puso su dedo índice en su boca y les hizo la señal de que deben guardar silencio. Buscó su machete que estaba a un lado de la puerta de ingreso a la vivienda y les dijo que le acompañen.

 

Eso intrigó a Diego. Carlos estaba borracho y ya no sabía lo que decía. “Vamos a beber con un amiguito que está acá”, afirmó Celio. “Vengan rápido, que la noche está estrellada y hay una media luna que nos alumbra”.

 

Carlos lo acompañó enseguida y sus movimientos eran torpes. También le atacó inusitadamente un hipo fastidioso. Diego se puso muy alerta. Algo le decía que lo que se venía no era bueno. Un aire de misterio sintió a su alrededor, pero no debía dejar solo a su amigo, quien para caminar mejor se apoyó en Celio y lo siguió por un sendero que estaba marcado por unos pasos.

 

Llegaron hasta una habitación vetusta construida en medio de la nada. Afuera había una hamaca apoyada en dos troncos de dos metros clavados contra el piso. Aquel cuarto estaba construido con caña guadua y el techo era de zinc metálico. El piso era de tierra. No había iluminación eléctrica, solo una lámpara de queroseno que fue encendida por Celio. Diego estaba a cinco metros de ellos. “No te quedes atrás, compadre. Mira lo que tengo aquí, te va a sorprender. Carlos está conmigo”. Eso último le asustó. Su amigo ya estaba en el interior de esa habitación y Diego buscaba algo en ese bosque. Escondió una pequeña roca en una de sus manos y la puso detrás de su espalda para esconderla. Caminó con recelo.

 

Se acercaba hacia ese cuarto con decisión y también con miedo. Sintió que sus piernas y brazos temblaban y un extraño frío sintió en su espalda, pese a que la noche era calurosa. Como si alguien le soplara por detrás. Cada paso era casi una tortura y por fin vio lo que tenía Celio en esa habitación.

 

Estaba una silla y lo que parecía ser un hombre sentado en ella. Olía a muerte en ese ambiente. Lo que encontraba ahí dentro era un cadáver que ya estaba momificado y su rostro mostraba una boca abierta con dentadura incompleta. La ropa estaba roída y los pies sin calzado.

 

“Taránnn, tarán. Tarán, tarán, tarán, tarán y tarán. Les presentó a Virgilio López, camionero de profesión y un asesino de la carretera. Como ven, mis compadres, no necesité de su ayuda para matarlo. Lo hice solito y le causé gran sufrimiento antes de darle el toque final. Miren, estas son las cadenas y las amarras. Día y noche le daba de golpes en su rostro. Perdió muchos de sus dientes. El golpe final fue con este machete y fue en su pecho. Miren la marca. Él mismito me pidió que lo matara. Pero tuve que hacerle rogar para eso. Qué bien me sentí cuando este maldito dejó de respirar”. Todas esas palabras se grabaron en la mente de Diego, quien se alejó a la puerta para vomitar y esconder la piedra.

 

“Sé que es feo lo que te he enseñado, pero este hijo de puta mató a mi esposa. Dejó partes de ella regadas por la carretera. Ese día llovía y el agua limpió su sangre. Fue horrible verla muerta por partes. Hasta ahora tengo pesadillas con eso. No puedo imaginar el dolor y la desesperación que sintió antes de morir. El doctor que le hizo la autopsia me dijo que murió rápidamente, que de pronto solo sintió un golpe y falleció. Pero yo no le creo. Susana tuvo una muerte horrible y este maldito se largó. Pensó que no iba a dar con él, pero se equivocó”. Mientras narraba esto, Celio lloraba como un niño y Diego solo le escuchaba. Tenía una extraña combinación de sentimientos. Le espeluznaba saber que Celio era un asesino, pero también se apenaba por lo que le pasó. Este tipo de tragedias tocan el alma y el espíritu de las personas. Se transforman en monstruos fácilmente.

 

Carlos, por su parte, se quedó dormido en un rincón de ese cuartucho. “Mi compadre Carlos ya no sirve. Pero Diego, tú me entiendes ¿verdad? Ahora te voy a contar cómo di con este desgraciado (señalaba al cadáver). Solo tuve que ir a los paraderos donde van los choferes de tráileres y camiones. Ahí pregunté y pregunté. Hice el trabajo que le correspondía a la Policía. Algunos sabían que había sucedido ese accidente, pero no estaban seguros de quién fue realmente. Esas cosas no se cuentan. Nadie grita a los cuatro vientos que arrolló a una persona. Pero un día, en una borrachera, di con el amigo de este desgraciado. Al inicio no quiso hablar por las buenas, hasta que salió el diablo que tengo dentro y con la ayuda de un cuchillo me cantó todito. Me dijo que su nombre era Virgilio López, que conducía una mula que transportaba costales de papas desde Carchi hasta Manabí. Claro que al final tuve que eliminar a ese soplón. No debía dejar testigos y ese fue el primer crimen que cometí. Después fue fácil dar con este desgraciado. Una noche le pedí que me dé un aventón desde un paradero de comidas de Santo Domingo hasta Flavio Alfaro. Como yo conozco bien estos caminos, mientras conducía y estaba cerca de acá, le mostré mi cuchillo e hice que estacionara el camión a un lado de la carretera. Le clavé mi cuchillo en sus dos piernas para que no pueda correr. También herí sus costillas. Lo amarré por ahí y llevé el camión hasta cerca de un barranco. Solo necesité empujar con fuerza para que caiga al abismo. Era de madrugada. Después hice caminar a este desgraciado hasta acá. Le costó mucho, pero llegó. Ya le tenía construido este cuarto. Aquí lo torturé por días hasta que por fin lo maté”.

Diego y Celio hicieron un pacto y su vida cambió desde entonces.

 

Momento de redención

 

Diego tenía escondida la piedra a sus espaldas, pero también le preocupaba Carlos. “¿Y ahora qué hacemos, compadre?”, preguntó. “Solo acompáñame a tomar unos tragos con este muerto. Solo te pido eso. Cuando lo traje acá me contó cómo sucedieron las cosas. Me dijo que se estaba quedando dormido y que no vio a mi mujer. Que se salió del camino y cuando quiso reaccionar fue tarde. Que todo ocurrió muy rápido y que en lo único que pensó fue en huir. Que estaba mal por lo que pasó, pero que no podía hacer nada. Pensé que matarlo me aliviaría el alma, pero no fue así. Por una parte, estoy feliz de haberlo matado, pero eso no me ha devuelto a Susana. Así que casi todas las noches, después del trabajo, vengo acá y le cuento cómo ha sido mi día. En el fondo me hice amigo de este cadáver y con él puedo ser sincero. Solo tomemos unos tragos y después nos vamos. Te prometo que no voy a hacerte daño a ti ni a mi compadre Carlos, que ha sido malo para beber”.

 

Diego volvió a condolerse y sintió lástima por ese hombre. “Hagamos lo siguiente, compadre. Apenas podamos, vayamos a enterrar este cadáver y acompáñanos a Portoviejo. No le digas nada a Carlos, la verdad es que no sé cómo tomaría esta situación. Yo tengo un tío que es dueño de una hacienda en Santa Ana y le voy a pedir que dé trabajo y vivienda. Olvídate de esta casa y de este lugar peligroso para vivir. Arregla tu vida y consigue estabilidad. Y de esto no cuentes a nadie. Yo voy a guardar tu secreto, porque al fin y al cabo no hay nada qué hacer. Así que presta esa botella y hagamos un brindis para cerrar esta página y abrir otra de mañana en adelante. ¿Te parece?”.

 

Celio solo se puso a llorar y le pedía a Diego que le ayude. Diego solo le dio un gran abrazo y lloraron juntos por un buen rato. Diego así sacó la presión y el estrés del momento, mientras que Celio solo quería vivir en paz.

 

Estuvieron en ese cuartucho dos horas más hasta que amaneció. Diego fue el primero en levantarse y pidió a Celio que le ayude a llevar el cadáver. “Será mejor que Carlos no lo vea. Después inventamos algo. Ahora vamos a enterrarlo. Busca una pala y vamos a un lugar donde cavar una tumba”.

 

Ambos enterraron el cuerpo y rezaron por el alma de ese infortunado. Hicieron un juramento de contar a nadie lo que sucedió y que de hoy en adelante serían amigos y que sus vidas iban a dar un giro positivo.

 

Después buscaron a Carlos, que seguía dormido y roncaba ferozmente. Celio y Diego sonrieron y lo despertaron. Fueron a la casa por algunas cosas de Celio y caminaron hasta ese pueblo para encontrarse con Jorge, quien desde muy temprano estaba en la mecánica supervisando los trabajos en el Jeep.

 

“¡Qué viva la fiesta, carajo! Se ve que tienen un chuchaqui del san putas”, dijo Jorge, quien estaba de buen humor y hasta se burló del pobre Carlos, que todavía estaba ebrio y que no recordaba cómo es que fue a parar en ese cuartucho. “Me disculpas, compadre, pero no recuerdo cómo fui a dar en ese cuchitril”, se quejó, y Celio solo sonrió. “Por ahí dicen que estabas con un muerto, compadre. Y que Diego y yo fuimos al rescate, ja ja”.

 

Después de una ducha fría y un buen desayuno, los cuatro fueron a Portoviejo, donde cerraron el negocio para construir un edificio de cuatro pisos en una buena zona de la ciudad. Después se trasladaron a Santa Ana para saludar a don Bartolo y, de paso, conseguirle trabajo a Celio, quien, por cierto, conocía al hacendado, pues hace muchos años trabajó en una hacienda vecina.

 

Por algunos meses Jorge, Carlos y Diego residieron en Portoviejo mientras se construía el inmueble, y los fines de semana se trasladaban a Santa Ana para pasar unos días en la hacienda. Todos siguen siendo buenos amigos, pero el secreto de Celio está muy bien guardado por Diego, quienes con el tiempo se convirtieron en compadres, ya que Celio se volvió a casar y tener una familia.

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