Belleza con una estela de muerte

Tenía 22 años y los ojos más hermosos que había visto. Iba a ser mía una noche, pero mi hermano me lo impidió.


 Por David Almeida García.

 

Esta historia ocurrió en 1966 en Machala. Era una noche calurosa y húmeda de agosto y en esos días acompañé a mi hermano a hacer unas cobranzas en esa ciudad costeña de Ecuador. Él trabajaba en una editorial internacional y se encargaba de la cartera de clientes que eran morosos y que habían adquirido colecciones de enciclopedias y series de hasta 20 tomos de obras clásicas de la literatura universal.

 

Mi nombre es Oswaldo, soy de Quito y en ese entonces tenía 36 años. Estaba infelizmente casado con una mujer que nunca amé, pero que se embarazó de mi única hija, para ese entonces de 5 años, que era mi adoración.

 

Mi hermano Guillermo era un tipo encantador, carismático, decidido y muy persuasivo. Le iba muy bien en su trabajo y ganaba un salario envidiable, pues además lograba jugosas comisiones por sus cobranzas y hasta vendía con éxito muchos libros.

 

Eran tiempos cuando mucha gente leía y adquiría publicaciones para también adornar sus bibliotecas. La mayoría de los clientes eran profesionales, sobre todo abogados, muchos de ellos políticos o figuras públicas en sus pequeñas ciudades.

 

En fin, Guillermo solía pasar la mayor parte de su tiempo de viaje y se trasladaba a varios rincones de Ecuador en el transporte público, porque le estresaba mucho conducir por las carreteras del país, que en una buena cantidad tenía caminos empedrados que dañaban los vehículos.

 

Cuando llegaba a la casa de mis padres, era un momento de felicidad, pues solía invitarnos a comer en buenos lugares. También compraba buenos licores y tomábamos unas copitas con papá, don Segundo.

 

Yo estaba de vacaciones y Guillermo me invitó para que lo acompañe a Machala a hacer unas cobranzas y pasarla bien en tierras calientes. Él era soltero y de 30 años recién cumplidos. Por su trabajo, no tenía una novia y en su lugar se conformaba con relaciones pasajeras con varias mujeres en muchas ciudades del país. Le iba muy bien en la Costa, donde se escapó de casarse con una chica de Milagro. Su padre le amenazó de muerte si no se comprometía con su hija, pero por alguna razón salió vivo y seguía solito. Yo creo que dejó algunas criaturas por ahí, pues le iba muy bien con el sexo opuesto, a pesar de que él no era muy atractivo.

 

En Machala comieron y calentaron la noche con unas cervezas.

 

Mi primera vez en Machala

 

Los años 1960 eran maravillosos. La música era genial y nos gustaban mucho los boleros y las baladas románticas, que en esos tiempos se estaban poniendo de moda. Es por eso que cuando llegamos a Machala, la capital de la provincia de El Oro, una de las cosas que más llamó mi atención -además de las lindas mujeres, su rica comida y la amabilidad de la gente- fue un bar que tenía una moderna rocola, con muchos discos de Julio Jaramillo, el ‘Elvis ecuatoriano’.

 

Después de que hicimos las cobranzas y ventas, vi a Guillermo en acción y era muy bueno en su trabajo. Posteriormente comimos platillos deliciosos, bebimos algunas cervezas bien frías en ese bar que les mencioné, en el sector del parque Juan Montalvo. Sin embargo, no le puedes simpatizar a todo el mundo y en ese lugar tuvimos un encuentro desagradable con tres individuos que se burlaron de nuestro acento serrano y de lo mucho que transpirábamos en esa tierra calurosa y húmeda.

 

Guillermo sabía cómo lidiar con ese tipo de individuos. “Si me sigues jodiendo, mono hijo de puta, te vas preso. Soy intendente de Policía de Pichincha y estoy aquí para asesorar a las autoridades de esta ciudad. O te largas o te jodo la vida. Así que mejor te largas”. Cada palabra la pronunció con mucha seguridad y con voz grave; esos tipos se la creyeron y se fueron. Claro que también mencionó algunos nombres de personajes de esa ciudad y que no los recuerdo en este momento. El caso es que se fueron y me dieron ganas de darle un beso en la frente.

 

Al calor de las cervezas y de las conversaciones de Guillermo, que era muy bueno para narrar historias, se nos ocurrió visitar un burdel de esa ciudad. Admito que la idea fue mía y quería conocer cómo es la vida nocturna de Machala, así que tomamos un taxi que nos llevó a la ‘zona de tolerancia’ de la ciudad, que en esos años era en la vía a Santa Rosa, otro cantón de El Oro.

 

El taxi al que subimos estaba sucio, aunque el conductor era un tipo muy atento y ofreció recogernos a las 2 de la madrugada. Guillermo cerró el trato y conversó mucho con él. Hablaron sobre algunos personajes de Machala y de cómo era la vida nocturna. El taxista nos advirtió que tengamos cuidado, porque era un sector muy peligroso al que íbamos. También nos recomendó un burdel en particular, al que precisamente fuimos.

 

Más tarde, esa noche, fueron a un burdel para experimentar la vida nocturna de esa ciudad.

 

Su nombre era Johana

 

Me voy a tomar la licencia de cambiar de nombre al burdel al que acudimos. Lo llamaremos El gato azul y era un lugar elegante, con mesas finas y lleno de mujeres hermosas, la mayoría era de Ecuador, pero también había colombianas y peruanas.

 

Eran más de las 10 de la noche y nuestra presencia llamaba mucho la atención. Sabían que éramos de la Sierra por nuestra forma de vestir. Pantalones oscuros, zapatos mocasines de color vino y bien lustrados (teníamos el mismo modelo mi hermano y yo) y camisas blancas. Parecíamos uniformados. Casi todos los hombres del lugar lucían guayaberas, una prenda muy común en la Costa ecuatoriana.

 

Guillermo y yo nos sentamos en unas sillas de la barra y pedimos una botella de whisky Johnny rojo, que costaba 50 sucres, o sea, estaba cara. Pero mi hermano tenía dinero y no le importaba gastar. Eso llamó la atención de las personas y de unos tipos de una mesa del fondo, quienes eran los mismos que estaban en el bar que visitamos anteriormente.

 

Alcancé a ver que conversaban entre ellos. Después de un momento se acercó uno de los meseros y nos llevó a una mesa. “Señor intendente, acompáñeme a esta mesa para su mayor comodidad”, le dijo a Guillermo. Solo sonreímos y decidimos seguir con el juego.

 

Casi enseguida, dos mujeres se sentaron junto a nosotros. Una de ellas se sentó en mis piernas y sentí que no estaba puesta su ropa interior. Eso me fastidió un poco, pues soy muy aseado y lo primero que pensé fue en que ella ya tuvo relaciones sexuales y algún fluido orgánico quedó por ahí. Mi gesto fue leído por esa muchacha y se alejó un poco. “¿Te molesta algo?”, preguntó. “No, pero tengo un dolor muscular en mi pierna por jugar fútbol esta semana”, le mentí.

 

Guillermo entró en confianza al instante y pidió un cóctel para la chica que lo acompañaba. Ella le hablaba al oído y él solo sonreía. Yo también platicaba con esa chica y la conocía un poco más, también pedí una copa de vino para ella. Pero una mujer atrapó mi mirada. Era magnética. Mis ojos se posaron en ella y no dejaba de admirarla.

 

“¿Sabes el nombre de esa chica?”, le pregunté a mi acompañante. “Es Johana, no es de aquí. Es peruana y lleva en este sitio unas dos semanas”, me respondió. “¿Si quieres, la llamo para que nos acompañe?”. Le dije que sí, aunque me puse nervioso por una extraña razón.

 

Pero la mujer fue directamente a la mesa de aquellos tipos que nos molestaron unas horas antes. Me levanté un momento para observarla. Dije que iba al baño y caminé hacia esa mesa, que estaba en la dirección a de los inodoros.

 

Caminé lentamente y mis ojos seguían a Johana, quien se mostraba incómoda en esa mesa. Su piel era blanca, de figura delgada y con generosas caderas y prominentes senos. Estaba peinada como para una fiesta, pues lucía un moño elaborado con mucha paciencia por un experto.

 

A medida que me acercaba y en medio de esa luz artificial y tenue, noté que sus ojos eran preciosos. Eran claros, como los de una anglosajona y su cabello era rojizo. Unas grandes pestañas adornaban esos ojos maravillosos. Sus cejas eran tupidas y eran el marco perfecto.

 

Al inicio no me di cuenta, pero uno de ellos me miraba de mala manera. Lo noté y solo lo ignoré para ir al baño.

 


Johana era una mujer muy atractiva. Oswaldo no dejaba de contemplarla.

 

‘Salgamos de este lugar’

 

Al salir del baño iba para la mesa donde estaba mi hermano y Johana ya no estaba con esos sujetos. Me alegró y seguí mi camino. Al llegar donde Guillermo, estaba acompañado de dos hombres. “Les presento a Oswaldo, mi hermano”. Saludé a esas personas, que eran dos abogados importantes de Machala, quienes pidieron otra botella para nuestra mesa.

 

Por un buen rato conversamos con ellos en compañía de cuatro chicas y hasta salimos a bailar. En la pista de baile seguía buscando a Johana, pero no la encontraba. “Debe estar ocupada en una de las habitaciones”, me dije.

 

Hasta que después de unos minutos salió y fue directamente a la barra. Fui a buscarla con determinación. La saludé con un simple hola y contestó con cierto desdén. “Creo que te molesto. Mejor me voy”, le dije. “No pasa nada. Mejor invítame una copa. Pídeme un vodka con jugo de arándanos”. Lo hice con gusto.

 

Conversamos un poco. En realidad, le hice preguntas, como de dónde era, qué edad tenía. Hace qué tiempo había llegado a Ecuador. Provenía de Piura, hace tres meses había llegado a Ecuador, tenía 22 años y mantenía a sus enfermos padres, que ya estaban ancianos. Era la menor de 11 hermanos y jamás pensó en que iba a ser prostituta. “Se supone que iba a ser modelo en Ecuador, pero aquí me ves. Soy una puta”, contó.

 

Pero por una extraña razón sentía escalofríos. Estaba en una ciudad tropical, en un sitio caliente, había bebido algunas copas y aun así me sentía nervioso y tembloroso.

 

La tembladera aumentó y en ese momento sentí que alguien venía por detrás. Era uno de esos sujetos, que se plantó adelante mío y me dio la espalda, para hablar con ella. Eso me enojó y estaba a punto de reaccionar de la peor manera hasta que mi hermano me llamó. “Loco, ven acá. Ven acá, por favor”, me dijo con voz grave.

 

“Espera un rato, esta chica me gusta”, insistí, pero él me dijo que se sentía nervioso y que estaba temblando. “Estoy temblando, hermano. No sé si nos pusieron algo en el trago o es algún tipo de presentimiento. Por favor, salgamos”.

 

Miré alrededor y esos dos abogados que lo acompañaban me tomaron del brazo y me pidieron que salgamos. Eso me asustó. Pensé que ellos le dijeron algo a Guillermo y que yo debía acompañarlo. Sentí que temblaba más y esperaba lo peor. “Será que se dieron cuenta de la mentira esa que inventó. Que era intendente de Policía”, pensé.

 

“Vamos, hermano. Salgamos de aquí”, insistió Guillermo y se lo veía serio. Accedí y salimos de El gato azul. Nos dirigimos al burdel que estaba en frente.

 

“Socios, este lugar es más tranquilo. Allá me estaba poniendo nervioso y sentí algo malo en el ambiente”, dijo uno de los abogados. Al escuchar eso acabaron mis temblores y lo mismo le sucedió a Guillermo.

 

La mujer fue asesinada con un picahielos.

 

Una tragedia

 

En el otro burdel, la pasamos más tranquilos y conversamos de muchas cosas con Javier y Euclides, esos abogados que resultaron ser unos tipos muy simpáticos y amables. Me preguntaba a mí mismo porqué desconfié de ellos en un momento. Pasó algo más de una hora y notamos que algo ocurría afuera. “Mataron a alguien en El gato azul”, dijo un hombre que ingresó.

 

Uno de mis defectos siempre ha sido ser muy curioso. Salí a ver qué sucedía y los dos abogados me acompañaron. “Veamos de lejos”, sugirió Euclides. Los llantos de las chicas eran conmovedores. La presencia de patrulleros era incómoda y angustiante. Llegó una ambulancia y después de unos minutos un cuerpo era transportado en una camilla. No lo habían cubierto y se trataba de una chica.

 

La forma en cómo salieron era algo apresurada y uno de los camilleros perdió el equilibrio y cayó. Ahí pude ver que se trataba de Johana. Esa mujer guapísima que captó mi atención como un imán y que ahora estaba muerta. Eso me impactó profundamente y me preguntaba cómo fue que la asesinaron.

 

Javier se acercó un poco más y preguntó a uno de los guardias de El gato azul. “La hallamos en el baño. La mataron clavándole un picador de hielos”, le contó. Lo bueno es que habían dado con el supuesto asesino, quien era de origen peruano y que también hirió mortalmente a uno de los clientes.

 

Y ese cliente era uno de esos malcriados que nos jodieron en el bar de Machala y que después se atravesó frente a mí, cuando conversaba con Johana.

 

Sentí mucha pena por esa joven mujer. Apenas había vivido 22 años y su existencia estuvo llena de pesares. Dedicarse a la prostitución siendo tan guapa, era una señal de que su vida fue desgraciada.

 

Con el pasar de los días nos enteramos, a través de nuestro amigo Euclides, que el asesino era un exnovio de María Flor Gallegos Robles, el verdadero nombre de Johana, quien en realidad tenía 24 años y que huía de Perú por ser la principal sospechosa del asesinato de una pareja de ancianos.

 

El asesino de ella era Robinson Julio Coronel Rubio, de 20 años, quien se declaró culpable del asesinato de la pareja de ancianos, y que María Flor fue la que ideó ese brutal crimen para robar cosas de valor a esos infortunados.

 

Ese suceso estuvo en la mente de Guillermo y en la mía por mucho tiempo. Cuando se lo contamos a papá, no lo podía creer, pero nos dijo una cosa que nos conmovió. “Su madre reza por todos sus hijos todas las noches. Lo hace con tanta devoción que, por lo que se ve, ha dado resultados, porque ustedes sintieron esa extraña tembladera. Creo que fue una señal del Dios al que su madre le pide que les cuide siempre”.

 

64 views

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *