Mojanda, aventura y Danilo: una ecuación ‘cague de risa’

Fuimos a pie a la laguna de Mojanda desde Tabacundo y durante la travesía, de ida y de regreso, tres amigos casi pierden la vida.


 

Por David Almeida García.

 

La psicóloga y psicoanalista estadounidense Louise Kaplan (1929-2012) decía que “la adolescencia es la conjunción de la infancia y la adultez”. Esta frase aplica a mujeres y hombres, pero con ellos (o sea nosotros) hay otra verdad: maduramos más tarde que ellas y deben ocurrirnos ciertas cosas ‘graves’ para realmente crecer.

 

En junio de 1997, mis amigos y yo estábamos entre los 21 y 15 años (bueno, algunos más chicos se nos colaban), y pese a que ya muchos de nosotros estábamos en la universidad, aún seguíamos haciendo cosas de adolescentes, como hacernos bromas vulgares, leer cómics, ‘hacerle’ a los videojuegos o emborracharnos. También, cada vez que podíamos, salíamos de campamento a las montañas y en una ocasión se nos ocurrió ir a la laguna de Mojanda, que está entre los límites de las provincias de Pichincha e Imbabura.

 

Era nuestra primera acampada en una laguna y le pusimos muchas ganas. “Nos vamos en una semana y tendrán listo todo. Verán que les anuncio con tiempo”, nos dijo Whymper, el más entusiasta de nosotros. En aquel entonces tenía 19 años y cursaba el segundo semestre de Derecho en la Universidad Central del Ecuador.

 

Whymper, al que llamábamos Chicho, tenía un compañero de clases de nombre Jorge, quien solía acampar en la laguna de Mojanda. A esta se llegaba a pie desde la localidad de Tabacundo. “Según mi amigo, la caminata es ascendente y después descendente. Si llevamos un buen ritmo, nos tomaría unas cuatro horas llegar hasta la laguna”, comentó.

 

Según lo planeado, debíamos llegar a Tabacundo a las 7 de la mañana y emprender la caminata.

 

La noche anterior, nos reunimos en la casa de Chicho para salir directamente de ahí. El anfitrión tomó la lista de los que asistiríamos: “El Miguel y el Beto se descolaron a último momento, pero qué más da, los que vamos son: Braulio, David, Lucho, Danilo, Diego, Guido, Vinicio, Jorge, Omar y Plinio (los dos últimos son hermanos menores de Chicho).

 

No todos pudieron ir a la casa de Chicho. Danilo dijo que “tenía que dormir bien y preparar todo para el paseo. Muchachos, por si acaso me prestaron una carpa para 12 personas, también llevaré la radiograbadora, la cámara de fotos y un revólver que me dio un primo. No le digan al Braulio lo de la pistola”, advirtió.

 

Braulio y Diego tampoco pasaron la noche con nosotros. Braulio debía terminar una importante tarea sobre anatomía, pues era estudiante de Medicina. Diego (quien estudiaba Ingeniería en Sistemas en la Escuela Politécnica) residía en el barrio La Magdalena y nos iba a recoger temprano ese sábado con Don Alberto, su papá.

 

Tabacundo, cabecera cantonal del cantón Pedro Moncayo, localidad desde donde partimos a pie hasta la laguna de Mojanda.

 

Una noche sin dormir

 

Doña Lupe, la mamá de Chicho, vigilaba que no bebamos licor, pero nosotros sabíamos cómo eludir a los padres y esa noche y madrugada bebimos dos de las tres botellas que, se supone, debíamos llevar a Mojanda.

 

El caso es que casi no dormimos y no dejábamos de molestarnos entre nosotros con alguno que otro chisme, anécdotas y juegos de cartas.

 

A las 5 de la mañana, Diego llamó a la casa de Chicho para decirle que estaba a punto de salir a buscarnos con su papá. Don Alberto tenía una camioneta Chevrolet Luv de doble cabina completamente nueva. Asimismo, tenía ‘pie pesado’ para conducir. O sea, estábamos a menos de 15 minutos para salir a su encuentro. Chicho llamó enseguida a Braulio y Danilo.

 

En ese entonces, éramos vecinos. Todos residíamos en el Plan Conjunto Benalcázar, en Chillogallo, con las excepciones de Lucho (que hace poco se había mudado al Valle de los Chillos), Guido, Vinicio y Jorge, el compañero de Chicho.

 

Por alguna razón, Danilo se demoró en salir. Mientras ‘el muchacho’ se hacía esperar como chica, Omar y Plinio fueron al encuentro con Diego y su papá. “Don Albertito, buenos días. Todos estamos listos menos Danilo. Por favor, esperemos un poco”, le pidió Omar, quien tenía 17, era dos años mayor que Plinio, el más chico del grupo.

 

Cuando por fin el ‘señorito Danilo’ salió, cargaba una bolsa grande y una gran mochila. Nuestro amigo es muy delgado y su estatura es de apenas 1.60. Todos cargábamos una bolsa para dormir (sleeping bag) y mochilas donde llevábamos lo necesario para el campamento, que incluía comida y bebida.

 

“Apura Danilo, por vos desde hace rato nos está esperando Don Alberto. Capaz que está emputado por tu culpa”, le dijo Lucho.

 

Todos nos acomodamos en esa camioneta y nos dirigimos hasta Miraflores, específicamente al final del túnel de San Juan, donde debíamos tomar el autobús hasta Tabacundo.

 

Ya en ese lugar ocurrió nuestra ‘primera desgracia’. Braulio, sin querer, pateó la única botella de licor que llevábamos. Según Guido, para él todo fue en ‘cámara lenta’. Mientras esperábamos el bus, al Lucho (que no llevaba una mochila, sino una maleta para viaje y su guitarra) se le ocurrió dejar la botella en el piso para buscar no sé qué, y el Braulio la pateó. Simplemente pateó la botella y esta cayó por unas gradas hasta estallar. Sonó ‘plock’ y todo el líquido se esparció. Gritamos al unísono: “¡Nooooooo!”.

 

La ‘primera desgracia’, una botella de este licor simplemente estalló en el piso por descuido de dos amigos.

 

Tenía que ser el Danilo

Era muy temprano aún y decidimos comprar otra botella en Tabacundo. Había esperanza. Cuando subimos al autobús, Guido sugirió que los culpables compren no solo una, sino dos botellas.

 

Yo fui el primero en subir al vehículo y conseguí un buen asiento. Desde ese lugar miré desfilar a mis amigos. Lucho y Danilo eran los más cómicos por llevar las bolsas más grandes. Sin embargo, este último cargaba en su espalda una inmensa y sofisticada mochila de andinista que casi era más grande que él, y con ella golpeaba a los pasajeros de asientos que daban al corredor. Más de uno le reclamó, pero él se disculpaba muy afablemente.

 

Las bromas entre nosotros estaban a la orden del día, también se nos ocurrió cantar en el trayecto hasta Tabacundo. Lucho y Guido tocaban la guitarra; Omar y Plinio estaban aprendiendo. Estos hermanos, con el tiempo, se convirtieron en músicos y desde 2007 formaron el grupo de música latinoamericana Singlar.

 

Cuando por fin llegamos a Tabacundo, ya eran más de las 7 de la mañana, pero no encontramos una tienda abierta, solo panaderías que no vendían alcohol. Además, el clima estaba frío, la temperatura seguía bajando y sentíamos humedad en el ambiente. Se avecinaba una lluvia. En ese momento, algunos de nosotros tuvimos la duda de seguir o quedarnos.

 

“Ya estamos aquí, ¿qué es una lluvia? Venimos a acampar y eso es una aventura. También es una oportunidad de compartir en medio de la naturaleza. Somos muy jóvenes y una lluvia no impedirá que lleguemos a Mojanda, algo que planeamos hace días. Así que tengan los huevos para seguir”, fue el discurso persuasivo que nos dio Guido y que fue aplaudido por Danilo.

 

Aunque no lo crean, eso hizo que por un momento olvidemos comprar las botellas y emprendimos esa caminata ascendente que nos llevaría hacia ese ‘pico de montaña’, que estaba muy arriba.

 

Antes de subir, hicimos el pacto de ayudar a Lucho y Danilo con sus bolsas. El primero llevaba una maleta de viaje muy pesada, pues en su interior había dos cobijas y una muda de ropa. “Hay que estar preparados man, además también traigo la guitarra”, dijo el Lucho. La bolsa de Danilo también estaba pesada y llevaba ‘cosas importantes’.

 

Al encontrarnos varios metros hacia arriba, la población se hacía cada vez más pequeña y había dejado de llover. Por eso, nos quitamos nuestras chaquetas para la lluvia, a excepción de Danilo. Él usaba una gorra de invierno, una bufanda que tapaba su nariz y boca, y su chaqueta de andinista de seguro estaba sudada. “Pareces un ninja chimbo”, le dijo Vinicio con una sonora carcajada.

 

En uno de los descansos, Braulio sugirió que nos tomemos una fotografía de todos para registrar el momento y le pidió a Danilo que saque la cámara, pues él dijo que iba a llevar una. Chicho y Omar la sacaron de su ‘megamochila’. Pero el ‘muchacho’ había olvidado comprar el rollo de película para 36 instantáneas. Anotada la ‘segunda desgracia’ del campamento y en ese momento caímos en cuenta de que olvidamos comprar el licor.

 

Lucho estalló contra Danilo. “Enano infeliz. Tenías que ser vos. Y yo tenía en mi casa la cámara lista con película y todo, pero no traje porque vos te ofreciste. Además, la próxima semana tengo un cumpleaños y por eso la dejé”. Chicho también se enojó y dijo una frase irónica que se repetiría durante todo el día: “Tenía que ser el Danilo”.

 

Los pajonales abundaban en nuestro trayecto hacia la laguna de Mojanda.

 

Tenía que ser el Danilo, parte 2

 

“Muchachos, les juro que no sé qué pasó. Yo compré la película y la tenía listita, pero como ustedes ya estaban impacientes, me olvidé por salir al apuro”, se justificó. Este paseo entre amigos, esta aventura de salir de campamento a Mojanda solamente quedaría en nuestra memoria. Faltó la maquinita que iba a registrarlo todo.

 

El sendero para llegar a ese ‘pico de montaña’ era de tierra y en forma de zigzag. Motocicletas y vehículos 4×4 no tenían tanto problema en cruzarlo. En nuestro de deseo de llegar antes a nuestro destino, escalamos algunos tramos (en este caso ‘muros’ de pajonales); cuando queríamos ‘descansar’, recorríamos aquel sendero.

 

En uno de esos ‘descansos’ nos encontramos con una casucha vieja y en ruinas de la que venía un “mal ambiente”, a decir de Jorge. “Mis amigos me dicen que hay fantasmas ahí”, afirmó y ese solo comentario asustó a Plinio y a Diego. “Tan grandote y te asustas por huevadas”, le dije a Diego, pero unos metros más adelante nos espantamos de verdad. Más de una decena de toros pastaban y sus aspectos eran intimidantes.

 

Esas bestias eran corpulentas; de acuerdo con Jorge, eran criadas para las corridas de toros. “Algunos ejemplares de aquí son vendidos para la feria Jesús del Gran Poder, en Quito”, informó. Nadie lo dudó y en ese instante sucedió algo inesperado: al Chicho se le ocurrió tirarle una piedra a un toro que estaba en el camino. El animal bajó su rostro al piso y respiraba con fuerza, tanto que el polvo se levantaba. Luego empezó a raspar el piso con una de sus patas y su mirada se enfocó contra nosotros. Era una señal de ataque y lo único que se nos ocurrió fue correr en todas direcciones.

 

Danilo tiró su ‘megamochila’ y escaló de una forma que nunca antes vimos, así que todos le seguimos y nos pusimos a buen recaudo. Lucho también se deshizo de su maleta y rescató su guitarra. Ascendimos de forma precipitada y uno de los toros se acercó a la mochila. Solamente la olfateó y puso su cabeza sobre ella.

 

“Esa mochila es de mi primo. Chicho, esto es tu culpa, ahora no sé cómo le haces, pero la recuperas”. Nos sorprendió esto de Danilo, por primera vez hablaba con tanta autoridad. “Sí, Chicho. Esto es tu culpa y hay que recuperar esa maleta. Verás que ahí están 12 botellas de agua y ya estamos con sed”, dijo Vinicio. Por casi una hora estuvimos ahí, viendo el momento de recuperar esa maleta y esa mochila.

 

Una camioneta se aproximaba, motivando a Chicho para acercarse hasta ese toro. Lo hizo con decisión, “pues los animales huelen el miedo”. Se acercó por un costado, se agachó y tomó la mochila “frescamente”, según la descripción de Omar. Caminó unos pasos y tomó la maleta. “Ven pues chch -le señaló al Danilo- aquí está tu huevada”.

 

Chicho saludó al conductor de la camioneta y nada pasó. El vehículo siguió su camino y volvimos a escalar “para recuperar el tiempo perdido”, pero otra vez Danilo fue el protagonista. Mientras ascendíamos, el peso de su mochila hizo que pierda el equilibrio y cayó por la pendiente.

 

Mientras descendía, daba trampolines hasta que logró agarrarse de la maleza y los pajonales. “¡Estás bien, Danilo! ¿No pasó nada? Vos eres bien macho, mijo”, le dije, y su respuesta fue alzar los brazos y mostrar sus pulgares.

 

“Danilo, si mi papá me hubiera prestado la videograbadora y filmaba lo que te pasó, de seguro que vendía las imágenes para una película”, comentó Omar.

 

“Estoy bien, muchacho. Fue solo un susto. La verdad que las yerbas y la maleza amortiguan los golpes. En serio que estoy bien”, respondió.

 

Volvimos a esos ‘descansos’ y algunos sentíamos mareos. “Debe ser el ‘soroche’ (falta de oxígeno) -afirmó Braulio- es que estamos en la altura y no estamos acostumbrados”. El ‘pico de montaña’ estaba más cerca, pero sufríamos de cansancio y la sed nos mataba, así que bebimos agua, aunque no caímos en cuenta de que se estaba acabando.

 

Esta ‘imagen prestada’ grafica la forma cómo escalamos algunos tramos de nuestro camino de ascenso.

 

Tenía que ser el Danilo, parte 3

 

Lucho, Braulio y yo no ocultábamos los mareos. Cada que podíamos, nos sentamos a descansar y comimos algunos caramelos que cargaba Danilo en su mochila. Eso nos hacía bien y seguíamos bebiendo agua, unos más que otros.

 

Por fin, llegamos a ese ‘pico de montaña’, que en realidad era una gran roca en forma de “nariz de inca”, según Plinio. Desde allí, la vista era grandiosa. No solamente veíamos a Tabacundo, sino a otras ciudades y montañas. Los Andes son un espectáculo natural del que debemos estar orgullosos.

 

Ahora nos tocaba caminar de forma descendente y nuestra mirada era hacia el otro lado de la montaña. Fue ahí donde Danilo hacía de las suyas otra vez. “¿Algo le pasa al Danilo?”, preguntó Diego. “Está morado, vele. Parece que se está ahogando”, continuó.

 

Danilo se deshizo de la mochila y empezó a darse golpes en la espalda. Lo hacía torpemente y llegó a la desesperación. Sorpresivamente, el Chicho le golpeó en la espalda alta y lo mandó al piso. Entonces actuó Braulio, quien lo levantó y le abrazó desde atrás. Puso sus brazos en el abdomen bajo de Danilo y apretó, pero seguía mal y Chicho le dio otro golpe similar al anterior y el ‘muchacho’ escupió una gran cantidad de caramelos.

 

De rodillas y con lágrimas en los ojos, recuperando el aliento y alimentando de oxígeno sus pulmones, Danilo le daba las gracias a Chicho y Braulio por haberle salvado la vida. “Muchachos, les juro que me estaba muriendo. Fue horrible, no podía respirar. El interior de mi garganta estaba lleno de caramelos que me obstruían la respiración. Braulio, vas a ser un gran médico. Chicho, vas a ser un gran abogado”.

 

El susto que vivimos se transformó en una serie de sonoras carcajadas y bromas contra Danilo. “Dios te estaba castigando por olvidarte la película para las fotos”, le decía Lucho. “Eso te pasa por comerte solito los caramelos”, le reclamó Guido. “Tenía que ser el Danilo”, fue el último comentario de Plinio y hasta el mismo ‘muchacho’ lo tomó con mucho humor.

 

Pasado el episodio, esta vez nuestra mirada se la robaba el hermoso paisaje que estaba ante nosotros. Desde ese lugar privilegiado, admiramos una laguna hermosa. “Es un reflejo del cielo en ese gran charco”, comenté. “Chicos, esperen un ratito. Todos vean esto. Grábenlo en su memoria, porque las fotos no las vamos a tener, por culpa del Danilo, a menos que volvamos en otra ocasión”, señaló Braulio.

 

Nos sentamos por 15 hermosos minutos a darle tributo a la naturaleza. Después de todo, ya estábamos cerca y solo nos quedaba pasarla bien. Fue momento de otro refrigerio, en este caso unos sánduches de atún con gaseosas.

 

Nuestras provisiones de agua se acabaron antes de lo planeado.

 

Sedientos, muy sedientos

 

El camino se tornó más agradable y menos cansado, aunque empezamos a sentir frío, pues la temperatura en ese lugar siempre es más baja. Algo nos decía que por la tarde habría lluvia.

 

La laguna cada vez estaba más cerca hasta que Lucho nos dio una mala noticia. “No trajimos suficiente agua, o tomamos demasiada agua porque ya no hay”. Por una extraña razón a todos nos atacó una sed angustiosa. Revisamos en nuestras mochilas si traíamos líquido. Yo tenía un par de ‘tampicos’ de 300 mililitros cada uno, con los que íbamos a mezclar el alcohol. Braulio se los guardó. “Después les comparto a todos”, me dijo.

 

Caminamos una media hora más, muy sedientos. “Braulito, un traguito de ‘tampico’ ha de ser”, le pedí. “Tranquilo, ya compartimos. Un poco más”, contestó.

 

Por fin encontramos un lugar dónde acampar y pusimos las mochilas y los bolsos en el piso. Nos sentamos a descansar y otros a buscar algo para beber. Diego se me acercó y me pidió que le acompañe a la cabaña del guardián de la laguna. “Ya me cago y yo no soy como para ir al bosque. Veamos si el pana tiene un baño o me presta el suyo. Capaz que hasta le pago”.

 

Un señor de unos 55 años nos atendió y Diego le pidió un baño. “Ahí está, señor. Siga con toda confianza, es para los visitantes”. Mientras esperaba le pregunté si vendía agua. “Tengo solo Güitigs (agua mineral con gas) y unas dos botellas de Coca Cola (de litro)”. “Véndame lo que tenga”, le dije.

 

Nos acabamos una botella de Güitig.

 

Cuando fuimos hasta donde nuestros amigos, les vimos muy sedientos, pero Diego me sugirió que ocultemos las bebidas que compramos.

 

Lo que vino a continuación fue muy gracioso. Esos dos ‘tampicos’ se los repartieron entre ocho y nos dejaron nuestra ración. Braulio cumplió como una buena madre y repartió esos 600 mililitros en total. Yo rechacé lo que me correspondía y hasta eso se repartieron.

 

Luego de un momento, vinieron Guido y Omar. “No resistimos la sed y nos tomamos el agua de la laguna. Ya que chch”, comentó Omar. “¿Pero para qué haces eso?, aquí les compramos unas Güitigs y colas”, dijo Diego. Hubo un breve silencio y después fue la puteada de todos. “Son unos hijueputas. Por qué no dijeron desde el principio. No ves, ahora el Guido está vomitando (jajajaja)”. La respuesta fueron carcajadas y Danilo casi, pero casi se acaba solito una botella de agua mineral con gas y no paraba de eructar.

 

Una vista maravillosa de Mojanda. Nuestra vista era más espectacular, pero Danilo olvidó comprar el rollo de película.

 

Tenía que ser el Danilo, parte 4

 

Hicimos un breve descanso y empezamos a revisar las raciones. Teníamos alas de pollo precocinadas, salchichas, mucho pan, latas de atún en agua, frijoles enlatados, dulces y hasta una torta de chocolate (maltratada por el camino). También teníamos carbón para cocinar. Vinicio cargaba un par de parrillas y solo debíamos construir una especie de estufa.

 

Todo estaba en orden hasta que unos gritos alteraron nuestro trabajo. “¿Lo que faltaba? El Danilo se olvidó los palos para armar la carpa ‘para 12 personas’ que le había prestado el primo”, dijo con mucho sarcasmo y enojo el Lucho.

 

“Tenía que ser el Danilo, pero esta vez te pasaste”, fue el reclamo del Chicho. “Ya nada, ¿qué se puede hacer?”, intervino Braulio. Yo, la verdad, estaba muy enojado con el Danilo. “Con razón que esa maleta no estaba tan pesada. Ya decía yo que algo faltaba”, comentó Guido.

 

Plinio, el más chico de todos, simplemente se ‘cagaba de la risa’. “Este Danilo es lo máximo. Es el último en salir, fue el que pidió que le dejen dormir, el que ofreció traer todo y se olvidó lo más importante. Ahora solo falta que esa radiograbadora esté sin pilas”, ironizó.

 

Efectivamente, la radiograbadora no tenía pilas y traerla fue completamente inútil, al igual que esa bolsa con un gran trapo de esa carpa sin esqueleto.

 

“En este rato no sé si reírme, llorar o caerte a puñetes”, le dijo Chicho. El Danilo se puso mal y no dijo nada por un buen rato. “Ya no se le carguen tanto al pana, ¿si ven esa estructura metálica?”, señaló Jorge y su dedo índice se dirigía a un contenedor.

 

Justo en ese instante empezó a caer la lluvia y eso impedía que prendamos fuego para cocinar las salchichas y las alas de pollo. Nos conformamos con unos sánduches de atún y gaseosas, otra vez.

 

La lona de la carpa sirvió como piso en ese contenedor, en el que nos pusimos a buen recaudo de la lluvia, la que empezaba a ser más intensa.

 

Era hora de hacer de las nuestras, pero sin alcohol. Encendimos algunos cigarrillos, jugamos cartas, cantamos al sonido de la guitarra y contamos chismes y chistes. También rememoramos lo que vivimos en ese día y todo nos llevaba a Danilo. “Casi te mueres dos veces”, le dijo Vinicio. “Tu caída nos preocupó, porque rodaste algunos metros hacia abajo. Después casi te asfixias con caramelos. Ahora mejor no hagas nada que haga que te matemos”, fue el ácido comentario del Lucho.

 

El aguacero se hizo más intenso y se convirtió en tormenta eléctrica. Las gotas de lluvia golpeaban con furia el techo de metal, provocando un ruido molesto. Era imposible conversar.

 

El clima en la laguna de Mojanda, por lo regular, es frío y el cielo suele estar nublado.

 

¿Estás bien, Diego?

 

Cuando llegamos a la laguna vimos un vehículo blanco todoterreno, de tres puertas, que pertenecía a una familia de cinco personas: padre, madre, abuela, abuelo y una chica adolescente. Estaba guapa.

 

En plena tormenta, esa misma chica se acercó para pedirnos ayuda. “El carro no puede subir por la lluvia. El camino está fangoso y muy resbaloso, estamos a punto de caer a la laguna”, nos dijo llorando y completamente empapada.

 

Estábamos muy acomodados en nuestros sleepings. Es más, esa bolsa de dormir que llevó Danilo era para una persona de unos dos metros de estatura. Entrar en ella le tomó su tiempo y al final parecía una oruga. Nos resguardamos del aguacero y lo último que queríamos era mojarnos. Pero Chicho, Guido y Vinicio enseguida se ofrecieron a ayudarla. Confieso que no quería salir de mi confort. Hacía mucho frío.

 

Todos, con excepción mía y de Danilo, salieron a ayudar. Yo me debatía entre salir o no, pero algo me decía que no vaya, que eran suficientes los que fueron en calidad de héroes. Vi todo desde lejos.

 

Cuatro de mis amigos empujaban el vehículo desde la parte trasera, otros tres se pusieron a un lado, donde va el copiloto y no solamente se mojaban por la lluvia, sino que las ruedas derrapaban en el fango y este iba directamente hacia mis amigos.

 

Diego fue el más afectado, pues estaba en la parte derecha, del lado de la pendiente, y el neumático lanzó todo el lodo a su rostro, que le hizo retroceder y caer por esa quebrada. Nos asustamos. Yo estaba lejos y corrí hacia ellos.

 

Por un momento, fuimos al rescate de Diego, quien trataba de ubicarse. Estaba desorientado, su cara llena de fango, la lluvia caía intensamente y el piso estaba muy resbaloso. Le costó trabajo subir, pero finalmente lo consiguió.

 

El vehículo pudo salir y simplemente arrancó. Tomó el camino de ascenso y desapareció ante nuestros ojos. Ni siquiera dieron las gracias y todos quedaron sucios por el fango, enojados, mojados y con ganas de explotar para mal.

 

Diego, afortunadamente, no sufrió tanto daño. Más fue el susto, su rostro mostraba heridas. Hasta escupía piedras, producto del fango que fue directamente a su cara y su boca. Casi se mata.

 

La lluvia limpiaba un poco su ropa sucia y ya nadie tenía ganas de seguir en ese lugar. “Lo peor de todo es la gente mal agradecida”, repetía una y otra vez Omar.

 

Por decisión unánime, retornamos a Tabacundo. Fue en plena lluvia y el camino estaba fangoso y muy resbaloso.

 

De regreso

 

La decisión fue unánime. No queríamos estar una hora más en ese lugar. Entregué las botellas al guardián de la laguna e inmediatamente emprendimos el camino de retorno. La lluvia no paraba y no nos importaba, estábamos enojados y hasta olvidamos las alas precocinadas, las que fueron devoradas por un par de perros.

 

Regresamos por el mismo camino culebrero, pero el lodo se convirtió en jabón. Era imposible caminar sin resbalarse. De castigo, Danilo debía llevar solo esa maleta con la carpa sin esqueleto, pero nos ganó la pena y le ayudábamos. Plinio fue el primero.

 

¡Por Dios, qué difícil era ascender en un terreno completamente fangoso! Esa era una prueba que nos puso la vida o era fruto de la mala decisión de no quedarnos.

 

En un inicio, nos burlábamos de nuestras caídas, después nos preocupamos y finalmente dejó de importarnos. Debíamos salir de ese lugar, pero se estaba acercando la noche y la lluvia no cesaba, aunque ya no era tan intensa.

En medio de esa naturaleza, empezamos a escuchar a los lobos. Estaban cerca y fue tiempo de preguntar a Danilo por esa pistola. Chicho sabía algo de manejo de armas y pidió verla, Danilo se la pasó y Chicho revisó el tambor, que estaba vacío. “Qué bueno que esté sin balas, ahora sí, pásame un par para hacer dos disparos al aire y asustar a los lobos”. Danilo se quedó en silencio por un rato, no sabía qué decir. “De seguro que se olvidó las balas”, comentó sarcásticamente Lucho. Y era cierto, había olvidado las municiones.

 

“Plinio, ¿cómo decía esa frase?”, preguntó Chicho. “Tenía que ser el Danilo”, respondió a carcajadas. Nos contagiamos y reímos sin parar. Fue algo bueno para todos.

 

Por un momento, la lluvia paró. Fue cuando estábamos en la cima y nos aprestábamos a descender hacia Tabacundo. Eran las 8 de la noche. “Mojados, sucios, con frío, con dolor de pies… en este momento les envidio al Miguel y al Beto, que se quedaron en la casa. A esta hora deben estar viendo televisión en la comodidad de su hogar”, comentó Omar.

 

El cielo estaba nublado y lo único que nos iluminaba eran dos linternas a las que se les estaba acabando la batería. Braulio tuvo la idea de que solo usemos una y que caminemos en fila. Era la mejor manera de economizar las pilas. Todo estaba oscuro y algunas bromas sobre fantasmas no eran graciosas.

 

Nuevamente, llovió con fuerza. Fueron momentos de desesperación, porque volvíamos a caernos por aquel lodoso suelo. Los resbalones eran estrepitosos y Guido tuvo un fuerte golpe en la cabeza. Quedó inconsciente y nos asustamos mucho. Braulio, como estudiante de Medicina, lo atendió. Estaba cursando tercer año y algo sabía, o por lo menos nos daba cierta seguridad. Guido despertó y fue un alivio, pero Braulio le preguntaba constantemente si tenía mareos, ganas de nausear, confusión o sensibilidad a la luz. Menos mal no sintió esos síntomas, aunque le recomendó ir al hospital y decir a los galenos lo que le pasó, para que ellos valoren los exámenes médicos pertinentes.

 

Era el tercer susto de ese día. Danilo estuvo a punto de morir en dos ocasiones, Diego y Guido también nos asustaron por lo que les pasó. Pero estábamos lejos de Tabacundo y más sorpresas aguardaban en el camino.

 

Así eran los toros que nos encontramos en el camino. No solo era uno, sino una docena.

 

Malditas bestias

 

La lluvia ya no era intensa y se mantuvo así por un largo rato. Maldita sea, porque no consultamos cómo iba a estar el clima. Era junio y se supone que son días de verano, de mucho sol, pero para nuestra mala suerte el cielo decidió que ese no era nuestro día.

 

En uno de los descansos, Lucho revisó su gran maleta. “Mi mamá me puso una lámpara, creo. No sé, no me acordaba que la traía”. Chicho la revisó y se trataba de una lámpara de luz blanca. “Son LED, de las que se deben conectar a un interruptor y duran unas cuatro horas. Tu mamá es una santa, nos iluminó la noche”, fue su comentario.

 

Eso ayudó mucho, nos dio calma en la lluvia y la noche, mas otro obstáculo estaba en el camino: los toros. Les recordé eso a mis amigos y caminamos con sigilo, tratábamos de recordar en qué parte del descenso estaban. Jorge nos dijo que aún faltaba y que no siempre pastan ahí. Al menos, en ocasiones anteriores no los había visto. La verdad es que no había venido por aquí en las noches, así que yo también estoy a la expectativa”, aseveró.

 

Era mi turno de estar adelante, cargaba conmigo la lámpara y fui el primero en ver a las bestias. “Alto, están ahí”, les advertí. Todos nos paralizamos y apagué la luz. Las siluetas de los toros eran intimidantes en la oscuridad. Dormían y justamente estaban en el centro de nuestro camino. Eran más de 10 e ideábamos la forma de evadirlos. Fue imposible, uno de nosotros cometió un error.

 

En medio de esa desesperación y al correr, accidentalmente, encendí la lámpara y los toros se despertaron. Hicieron feos ruidos y nos lanzamos hacia una especie de pendiente, a un lado del camino, que estaba cercado por alambres de púas.

 

Afortunadamente, nadie salió herido. Es que saltamos sobre el alambrado y caímos con la cabeza por delante. Fue un salto frontal, como si nos lanzáramos a una piscina, evadiendo un gran obstáculo. Hasta el Danilo dio el mejor salto de su vida, aunque sin su mochila. El Lucho le lanzó la guitarra al Guido primero y después saltó como todos. “A la preciosa (la guitarra) se le cuida”.

 

Nuevamente, esperamos casi una hora para poder librarnos de los toros. Hicimos algunos intentos, pero estaban en alerta. Sabían que estábamos cerca y que el susto nos ganaba. “O dormimos aquí o esperamos a que se duerman”, sugirió Guido, algo absurdo que al final era lo mismo.

 

Y así estuvimos hasta que vimos unas luces acercarse. Se trataba de un vehículo, quizás la camioneta que vimos temprano. Cuando estaba cerca, todos silbamos para que se detenga y nos ayude. Y esto fue chistoso, porque el conductor se bajó del vehículo, pero se espantó cuando vio que salíamos de a uno a pedirle ayuda. “No sea malito señor, ayúdenos”, sollozó Danilo.

 

Ese individuo subió a su carro y se fue. De las iras, Danilo caminó con decisión entre los toros, recogió su mochila y siguió en dirección a Tabacundo. “Ve ese man, no le hicieron nada. ¿Quién se atreve ahora?”, preguntó Vinicio.

 

Diego fue el primero. “Ya qué chch, si el Danilo puede, yo también”. Los toros no hicieron nada. Le seguí yo y después se sumó el resto. “Toros hijueputas, otra vez nos quitaron tiempo”, dijo Chicho.

 

La lluvia paró, el cielo se estaba abriendo y nuestras ropas ya no estaban tan mojadas, pero sí muy sucias. No importaba, en Tabacundo buscaríamos un lugar donde pasar la noche.

 

Nuestro grupo de amigos, en otro campamento. De izquierda a derecha: Danilo, Guido, Chicho (arriba), Santiago, Beto, Omar (de arriba a abajo), Plinio, Braulio y David.

 

Enfiestados

 

Al llegar a Tabacundo vimos que estaban en fiestas. Celebraban el Inti Raymi. “Vamos a la fiesta, necesito un trago”, señaló Diego. Todos nos unimos y fuimos a comprar licor, pero no hizo falta, la gente de ahí nos brindó. Asimismo, preguntaban por qué estábamos sucios y mojados. Les contamos nuestra aventura de ese día y hasta se condolieron.

 

Hicimos amigos y nos encontramos con unos primos de Jorge, el amigo de Chicho, quienes se ofrecieron dar posada en sus casas.

 

A las 2 de la madrugada nos acomodamos en la sala de la casa de uno de ellos y por fin descansamos. No importó dormir en el piso, solo queríamos cerrar los ojos y sentirnos seguros bajo un techo.

 

A las 7 de la mañana, estuvimos listos para retornar a Quito. Nadie más hizo comentarios. Pasaron los días y seguíamos reprochando a Danilo por lo que nos pasó. Beto y Miguel se reían de lo ocurrido y lo superamos. Fue una gran aventura, aunque no tuvimos una fotografía que nos permita registrar lo que vivimos, pero qué más da. Finalmente, la pasamos bien y Guido se hizo unas ecografías al cerebro. Estaba bien de salud y eso era lo importante.

 

 

 

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